El día que me vi en más de 30 mujeres: Primer encuentro oficial de NasaJuntanza

Bitácora: Primer taller Nasa Juntanza
Redacción: Daniela Restrepo
Fecha del taller: 05 de noviembre del 2025
Lugar: Salón Centro Vida, Caldono Cauca.


Antes de contar cómo viví el primer encuentro de NasaJuntanza, quiero compartir algo que atraviesa lo que estás a punto de leer. Soy comunicadora social y periodista; ejerzo desde hace casi ocho años, enfocada en comunicación organizacional para entornos digitales: comunidades, plataformas y redes. Para afinar el perfil, cursé un diplomado como community manager. Durante siete años trabajé como freelance; me funcionaba porque soy mamá de dos hijos hermosos y especiales, y podía estar con ellos a tiempo completo. Sigo siéndolo. Pero hace casi un año, Andrés Ramírez —creador de Estudio Vástago— me dijo: “Vení pa’ acá, que aquí encajás”.

Tengo 32 años y soy caleña. Vástago y la Fundación Territorial Magenta están en Santander de Quilichao, así que al principio viajaba poco; luego tres veces a la semana, hasta que tomé la decisión de mudarme a Santander con mis hijos.

Mi interacción con clientes era por llamadas, pocas reuniones presenciales y mensajes de WhatsApp. Siempre estaba detrás de la pantalla. Cuando entré a Vástago y el estudio me presentó a la Fundación Territorial Magenta, empecé a conocer —con tiempo, sin afán— la organización y a quienes la habitan. Mi visión cambió: entendí que lo social, la conversación, el encuentro, era mi lugar. En la universidad no me atraía “lo social” porque el enfoque era de periodismo ciudadano; hoy comprendo que lo que me chocaba era arrancarle historias a la gente sin poder hacer algo con ellas. Me estoy volviendo mejor escucha —quizá porque también me escucho más— y observo mis propios procesos: cada vez que la vida, Dios o el universo me quitan algo a lo que me aferro —porque no lo cuidé o porque hay algo más grande—, me llega envuelto en sentimientos intensos que reconozco, abrazo y, entonces, me dispongo para que lo mejor suceda.

Me llamo Daniela Ángel Restrepo Izquierdo Cifuentes. Lo escribo completo porque me encanta mi nombre. “Ángel” antes me disgustaba, hoy lo abrazo. “Restrepo” me recuerda la energía paterna —tengo dos papás: el biológico y el que Dios me regaló a través de mi mamá— y “Cifuentes” me lleva de vuelta a ella.

Mi día no empezó el 5 de noviembre de 2025: arrancó días antes, cuando Magenta nos pidió al equipo de comunicaciones acompañar este encuentro con registro fotográfico, entrevistas y tomas de apoyo. Sentí que yo tenía que estar; me ofrecí “de tributo” —en el buen sentido—. Lo primero que me preguntó Vivi Cuchillo fue: “¿Y los niños?”. Le respondí de una: coordinaba con Leidy —una compañera nueva en Magenta, pasante, con quien conecté tanto que la siento como hermana—. Magenta me ha permitido verme con transparencia y descubrir mi deseo profundo de cuidar; también entender que no todas las personas quieren ser cuidadas por mí, así que debo empezar por cuidarme. Y aun así aparecen seres hermosos con quienes uno quiere caminar cerquita.

Tenía todo fríamente calculado. La víspera, Vivi Cu me llamó por WhatsApp —estaba en el segundo piso de la oficina, lo cual me dio risa— y me preguntó: si pudieras elegir algo que hacés con total facilidad, gratis y con gusto, ¿qué sería? Puso ejemplos de tres compañeras: Vivi Co, la observadora; Nata, la que escucha; Isa, la creativa. Lo primero que pensé fue: la conversadora. Quien me conoce sabe que al principio soy tímida, pero cuando siento confianza hablo hasta por los codos. Subí por detalles de la metodología. Mi rol incluía fotos tipo carnet, además del registro general. Y, como es propio en Vivi Cu, propuso al vuelo un laboratorio íntimo: conseguir maquillaje básico para que cada mujer, si quería, se arreglara; que entrara una por una, se tomara la foto y luego respondiera una única pregunta en una entrevista breve.

Llegó el miércoles 5 de noviembre. Me levanté a las seis: preparé loncheras, almuerzo (lentejas, arroz, pechuga salteada en finas hierbas y aceite de oliva, con sal de ajo y mucho amor) y dejé listo el desayuno. Quise vestirme cómoda y discreta. A las siete y algo pasaron por mí en el carro de Fredy: iban Carolina, Nata y Vivi Co. Recogimos equipos en la oficina; “¿no salían a las 7?”, nos lanzó Vivi Cu. Vi ruanas y buzos; pregunté por el clima: frío. Corrimos a mi casa —vivo cerca— por un saco y partimos a Caldono.

El camino es hermoso y curvo como un río visto desde satélite. Me mareé, pero grabé algunas tomas del paisaje. En Mondomo recogimos a Isa. Conversamos de hijos, mascotas y vida. Yo iba expectante: en la metodología leí “el tendedero” y quería verlo más allá de fotos o relatos. Aun así, iba concentrada en mis entregables.

Llegamos, un poco tarde. Varias mujeres nos esperaban en el restaurante de Yineth con chocolate caliente, hojaldra y queso. Nuestro desayuno también nos aguardaba, pero había que montar el laboratorio: cerramos el espacio con una cortina de baño y cinta, dejando una entrada. Sobre la mesa, maquillaje básico: polvos compactos, pestañina, dos brillos, rubor, alcohol, jabón y crema de manos. La foto tipo carnet y una pregunta:

¿Quién eres cuando nadie te nombra?
No valen roles y relaciones. No buscamos a la madre, la esposa, la hija o la lideresa, sino el ser: ese núcleo íntimo que olvidamos y que es el punto de partida de la juntanza.

Eran treinta mujeres. Entre ellas, una mayora: María Petronila. La primera fue Flor, unos 40 años. Le expliqué lo que ella estaba viendo ahí: el maquillaje, la cámara, las luces, micrófonos.”Flor, hola (todas teníamos el nombre una etiqueta), vos te preguntaras qué es todo esto que ves aquí, pues esto es porque les vamos a tomar una foto y como no les avisamos, pues les trajimos esto para que se vean más lindas, solo si tu quieres”, ella sonrió, se maquilló ella misma, sonreía y bromeó: “Me hubieran avisado para taparme estas canas”. Le tomé la foto, se la mostré y eligió. En la entrevista, tras unos segundos, respondió: “Soy única. Soy feliz”. Sonrió y me conmovió. Luego entró Aide —en la actividad de apertura había elegido el rol “risueña”—; como muchas, se quedó en silencio hasta que la palabra encontró su forma, sin embargo, aún así era complejo encontrar la respuesta y contestaban cualquier cosa que se pudiera venir a la cabeza, y es que en realidad es una pregunta compleja, que para obtener su respuesta . Edilma eligió “alegría”. Había una energía de calma y expectativa por lo que vendría, pero también se le dificulta poder hablar.

Interrumpimos para el ritual inicial. Salí del laboratorio y vi un círculo de mujeres alrededor de un espiral de flores con ofrendas: bolsos, café y otros elementos. María Petronila guió la armonización con agua y plantas; entre ellas, abre caminos, para nivelar energías y permitir el fluir del encuentro. Mientras pasaba de mano en mano, pedimos con intención clara. La atmósfera se volvió más serena.

Volvimos a las actividades y elegimos roles: yo, “la conversadora”; Vivi Cu, “la proveedora”; Vivi Co, “la observadora”; Natalia Carvajal, “la escucha”. Ellas también se nombraron: alegres, solidarias, mediadoras, creativas, amistades que juntan. Esa simple elección abrió relatos.

Regresé al laboratorio. Entraban de a una, se miraban en el espejo, elegían —o no— maquillarse. Me importaba ofrecer esa posibilidad: que supieran que podían decidir, que nada era impuesto ni permanente. Varias, al terminar, preferían retirarse el maquillaje; les ofrecí pañitos húmedos. La entrevista, breve y honda, tocaba fibras. Algunas pidieron un abrazo; en otras, supe cuándo bajar la cámara. Lloramos juntas más de una vez.

Hubo momentos que se me quedaron grabados. Daisy nos advirtió: “Les va a costar tomar la foto” y lo curioso es que a la primera toma salio hermosa y solo dice “Mira Isa, nos mintió, disque no era fotogénica y mira cómo salió de linda”, a lo que me llevó a pensar, entre tantas cosas, lo complejo que es autopersivirnos bien hasta a nivel físico y podría tener muchos porqué… pero aquí no era el caso, pues también me pasa y yo creo que a muchas, hacemos mil intentos de tomarnos fotos y ninguna nos gusta, como pasó cuando yo les tomaba la foto. Cuando llegamos a la entrevista con Daisy empezó sonriente, pero la respuesta fue hondo: “Siempre estoy en compañía; me cuesta reconocerme a mí misma… siempre con mis hijos”. Lloró. Dijo algo que me atravesó: “No lloro porque mis hijas no me dejan; no puedo llorar”. Otra mujer confesó que, cuando estaba sola, estaba triste. Otra más contó la pena de que sus familiares no la buscaran; si ella no llamaba, nadie la llamaba. Entonces buscaba hacerse necesaria para alguien, para cualquiera.

En esas respuestas percibí lo compleja que es la soledad. Para muchas, no es estar físicamente sin gente: es sentir que nadie las necesita, que no son importantes para alguien concreto. La soledad, ahí, se nombra como inutilidad o invisibilidad. En el laboratorio, sin ruido y sin juicio, ese dolor se pudo decir en voz baja. Y al decirlo, algo se acomodó: una línea de reconocimiento propio, tímida pero real.

En un descanso, salimos un momento a una tienda a devolver un dinero faltante de una compra flash. Hablé con Nata e Isa: estábamos sensibles. Les dije que nunca había estado en un espacio solo de mujeres donde pudiéramos ser sin miedo. Al volver, Vivi Cu nos pidió permanecer adentro por seguridad —había “amigos” cerca—. Seguimos con el laboratorio. Yo me sentaba a veces en cuclillas, respiraba hondo y miraba a Isa con los ojos vidriosos: “Qué fuerte” mientras en lo que llegaba el turno de la siguiente. No sabía cómo ordenar lo que sentía. Las edades iban, quizá, de los 16 a los 60. No les pregunté; no hacía falta. En cada rostro me reconocí.

Cerramos el laboratorio y me lleve la historia de cada una de ellas, y la capacidad de elegir con respecto a su cuerpo, que podría verse como un acto sencillo, era solo maquillaje, y que muchas pensaban si decían sí o no y podía sentir lo liberador que podría ser para ellas decir no. Mientras guardábamos, seguía en automático: cables, luces, bolsitas. Con Nata recogimos en silencio. Fuimos a almorzar donde Yineth. Hablamos de lo que percibimos, solo estabamos las ‘Vivis’, Caro, Nata, Yineth, Isa y yo. Lloré. Me vi reflejada en ellas. Sentí la fragilidad de ser mujer y, al mismo tiempo, la fuerza que nos sostiene. Di gracias en voz alta por estar ahí. Así como esas treinta mujeres de NasaJuntanza se sentían parte de algo importante por su forma de hablar, por la atención con la que habitaron cada actividad y por cómo me confiaron su relato, yo también me sentí parte: de un círculo, de una historia mayor.

Recordé por qué elegí mi carrera —que casi abandono— y confirmé que este es mi lugar de trabajo y de vida, porque durante mucho tiempo me sentí perdida a nivel profesional. Quizá se me escapen detalles —como las masitas deliciosas con chocolate caliente de Yineth—, pero no se me borra la sonrisa de cada una cuando su palabra y su presencia fueron cuidadas en NasaJuntanza.

Salí con una certeza suave: cuando nadie te nombra, te podés nombrar vos. Y en esa palabra propia cabe el comienzo de cualquier juntanza. Esto fue el primer encuentro de NasaJuntanza, un proyecto posibilitado por el Fondo Noruego y desarrollado por la Fundación Territorial Magenta.